PROTEÍNAS ALTERNATIVAS E INSECTOS: CUANDO LA INNOVACIÓN IGNORA A LOS CONSUMIDORES

En los últimos años, las llamadas proteínas alternativas se han presentado como el futuro inevitable de los sistemas alimentarios europeos. La carne cultivada en laboratorio, la fermentación de precisión y las proteínas de insectos se han integrado firmemente en el lenguaje de las políticas alimentarias de la UE, descritas como soluciones “innovadoras” y “sostenibles” destinadas a revolucionar el sector agroalimentario. Pero ¿qué ocurre cuando la innovación avanza más rápido que la aceptación de los consumidores?

Un Brief publicado por Euractiv reavivó el debate recurriendo a una metáfora literaria tan eficaz como implacable: Catch-22 de Joseph Heller, que en español se podría entender como “un callejón sin salida”. Una referencia que va mucho más allá del ámbito cultural, convirtiéndose en una lente profundamente política a través de la cual interpretar las actuales decisiones europeas en materia de alimentación.

La lección de Catch-22 aplicada a la alimentación

En la novela de Heller, Milo Minderbender, el emprendedor encargado del comedor militar construye un imperio comercial absurdo y autorreferencial que sobrevive no por una demanda real, sino gracias a contratos públicos y mecanismos burocráticos que terminan premiando la ineficiencia. Su ingenioso sindicato abastece a los soldados con las mejores delicatessen del Mediterráneo hasta que la operación se descarrila por un espectacular error de cálculo: la compra de enormes cantidades de algodón egipcio. Ante un excedente imposible de vender, Milo intenta desesperadamente que los soldados lo consuman, llegando incluso a recubrir las suaves fibras con chocolate. El resultado, sin embargo, es simplemente incomible. Y, aun así, pese a lo absurdo del plan, Milo consigue “salvar” su imperio vendiendo el algodón al Estado.

Según Euractiv, las locuras imaginadas por Joseph Heller resultan hoy inquietantemente similares a las que se desarrollan en toda Europa. Sustitúyase el algodón por insectos, y el sindicato por el lobby industrial, y surge una alegoría moderna de este fracaso. Tras años de inversiones y promesas, la industria de las proteínas de insectos está teniendo dificultades para encontrar una salida comercial concreta en el mercado de la alimentación humana. Sin embargo, en lugar de cuestionar la ausencia de una demanda real, ahora reclama una intervención pública cada vez mayor para forzar la incorporación de estos productos a la dieta europea.

La innovación no significa ignorar la demanda: ¿ha llegado el momento de reflexionar?

Al leer el Brief de Euractiv, el caso de una start-up francesa, considerada en su día el buque insignia del sector, aparece como emblemático. La empresa se propuso conquistar el mercado mundial de las proteínas de insectos, respaldada por importantes inversiones públicas y privadas. Su colapso en 2024, acompañado de revelaciones sobre instalaciones degradadas y graves deficiencias operativas, no fue simplemente un fracaso empresarial: se convirtió en el símbolo de un sector que ha sobreestimado enormemente su potencial en el mercado de la alimentación humana.

Si hay un país que históricamente ha normalizado el consumo de los llamados alimentos “desafiantes”, desde caracoles y ranas hasta casquería y vísceras, ese es Francia, descrita a menudo como el laboratorio gastronómico de Europa. Sin embargo, pese a años de experimentación, campañas de comunicación y apoyo público, los insectos no han entrado en la dieta cotidiana de la población francesa. La respuesta del lobby industrial, no obstante, no ha sido una reevaluación crítica del modelo, sino la exigencia de políticas aún más contundentes: contratación pública obligatoria, marcos regulatorios específicos y la inclusión forzada de estos productos en los menús de comedores e instituciones públicas.

El problema, por tanto, no es la falta de creatividad culinaria o de inversión, sino la ausencia de un verdadero deseo por parte de los consumidores. Un hecho que debería hacer reflexionar a Bruselas, porque innovar no significa ignorar la demanda. Cuando un nuevo producto necesita subvenciones permanentes, compras públicas obligatorias y una regulación “a medida” para sobrevivir, ya no se trata de una innovación de mercado, sino de un experimento político. En este sentido, convertir las proteínas de insectos en alimentos para consumo humano corre el riesgo de convertirse en un caso de manual de alimentación impulsada por políticas públicas, en el que la estrategia política precede y, en última instancia, sustituye a la aceptación social.

Insectos, sí, pero no en nuestros platos

Existe otro elemento que a menudo se pasa por alto en el debate: los insectos ya funcionan muy bien como alimento para animales. En nutrición animal, su uso tiene pleno sentido desde el punto de vista económico, nutricional y medioambiental. Forzar su transformación en alimentos para consumo humano introduce un paso artificial, costoso e ineficiente que no responde a ninguna necesidad real. En esencia, se trata de un “sustituto elaborado” de algo que ya existe y funciona mejor en otro ámbito.

En Catch-22, el episodio del algodón de Milo es una caricatura de un poder público comprando algo que nadie quiere, simplemente para evitar admitir un error. La sátira está destinada a poner de manifiesto el absurdo. Sin embargo, como observa amargamente el Brief de Euractiv, la sátira debería ayudar a prevenir este tipo de dinámicas, no inspirarlas. En el caso de las proteínas de insectos, el riesgo concreto es que Europa esté construyendo un mercado no para los ciudadanos, sino para justificar inversiones ya realizadas.

La innovación alimentaria es necesaria. Sin embargo, sin el consentimiento de los consumidores, una auténtica sostenibilidad económica y el respeto por las culturas alimentarias, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio autorreferencial. Y, como nos enseña Catch-22, cuando un sistema empieza a alimentarse de sus propias contradicciones, ya no es progreso: es simplemente una comedia del absurdo.

Fuente: Alternative proteins and insects: when innovation ignores consumers | European Livestock Voice